Marcos Sánchez

El aire acondicionado no fabrica frío

Cada verano me pasa lo mismo. Alguien me explica cómo funciona el aire acondicionado –o lo leo, o me lo cuenta un vídeo–, lo entiendo con esa sensación limpia de haberlo entendido de verdad, y unas semanas después ya no sabría reconstruirlo sin ayuda. Llevo años en ese bucle, así que esta vez lo dejo escrito, con diagramas y todo, para el yo del verano que viene. Esto no va de sistemas distribuidos ni de colas de mensajes; va del aparato que tengo colgado en la pared del salón, que sospecho que es la pieza de ingeniería más antiintuitiva de toda mi casa.


No fabrica frío

El primer error viene del propio nombre del aparato: un aire acondicionado no fabrica frío. El frío no es una cosa que se pueda fabricar. Lo único que existe es el calor –energía térmica, moléculas agitándose–, y lo que llamamos frío es simplemente su escasez. Dentro de la caja no hay ningún generador de frío porque no puede haberlo.

Lo que hace la máquina es otra cosa: coge el calor que hay dentro de la habitación y lo tira a la calle. Se parece menos a fabricar hielo que a sacar la basura. La basura no desaparece; la llevas a otro sitio.

El ciclo del aire acondicionado: coge el calor de dentro y lo suelta fuera

Por eso la unidad de fuera echa aire caliente. No es un efecto secundario molesto ni señal de que algo vaya mal: ese chorro es, literalmente, el calor de tu salón saliendo del edificio. Ese es el producto.

Hasta aquí llega casi todo el mundo. El lío empieza con la siguiente observación: el calor, por su cuenta, siempre viaja de lo caliente a lo frío –la cerveza olvidada encima de la mesa se calienta; la habitación no se enfría por tener una cerveza fría dentro–. Y nosotros queremos justo lo contrario: sacar calor de una sala a 24 grados y soltarlo en una calle a 38. Cuesta arriba, contra la corriente natural. Para eso hay que hacer trampa.


La trampa: apretar y soltar

La trampa se apoya en dos hechos que cualquiera ha comprobado con la mano. Si aprietas un gas, se calienta: la bomba de inflar la bici acaba ardiendo. Si lo dejas expandirse, se enfría: el desodorante sale helado del bote.

Con esos dos hechos ya se puede montar la máquina. Por el circuito –un tubo cerrado que va de la unidad de dentro a la de fuera y vuelve– circula un fluido, y el aparato juega a apretarlo y soltarlo donde le conviene: lo suelta justo antes de pasar por dentro de casa, para que llegue más frío que la sala y le robe calor, y lo aprieta justo antes de salir, para que llegue a la calle más caliente que el aire de fuera y suelte ahí lo robado.

Contado así suena redondo. Y sin embargo aquí es exactamente donde, año tras año, se me rompe.


La parte que nunca consigo retener

Esta es la duda que me devuelve a este tema cada verano. Fuera, en la calle, el fluido suelta su calor por simple contacto, y el contacto solo sabe hacer una cosa: igualar temperaturas. El fluido se enfría hasta acercarse a la temperatura de la calle y ahí se planta; por contacto jamás va a quedar más frío que la propia calle. ¿Cómo vuelve a entrar entonces lo bastante frío como para enfriar una sala que ya está más fresca que la calle?

Durante años esto me pareció un callejón sin salida, y el fallo estaba en mezclar dos conceptos que parecen el mismo y no lo son: temperatura y calor. El calor es cuánta energía térmica hay en total; la temperatura es cómo de concentrada está. Y el calor fluye siempre de más temperatura a menos temperatura, sin importar quién tiene más energía total: una chispa a mil grados le cede calor a una piscina a veinte, aunque la piscina almacene muchísima más energía que la chispa.

Con esa distinción el callejón se abre, porque la temperatura del fluido no es un dato: es una palanca, y la mueves con la presión. Aprietas el fluido y se dispara a 70 grados, muy por encima de la calle; lo sueltas y se desploma a 5, muy por debajo de la sala. La misma energía dentro, repartida de otra manera.

Estas son las temperaturas del fluido a lo largo de una vuelta completa. Las dos rayas discontinuas son el aire: la sala a 24, la calle a 38.

Temperaturas del refrigerante a lo largo del ciclo, cruzando las rayas del aire de la sala y de la calle

Las flechas finas son el intercambio por contacto: el fluido acercándose a la temperatura del aire que tiene al lado. Fíjate en que nunca cruzan una raya; solo se arriman y se quedan en su lado. Mi intuición tenía razón en eso: el contacto solo iguala, nunca te regala un salto a favor. Las flechas gruesas son los saltos de presión –compresor hacia arriba, válvula hacia abajo–, y esas sí cruzan las dos rayas, con margen de sobra. Los dos huecos de temperatura que necesita la máquina no salen del contacto: salen de la presión. El fluido no vuelve frío de la calle; vuelve templado, y es la válvula quien lo deja helado justo antes de entrar.


Hervir para enfriar

Queda la pregunta obvia: ¿qué fluido es ese? ¿Aire? ¿Agua? Ni lo uno ni lo otro. Es un fluido diseñado a medida, un refrigerante –hoy suelen ser cosas como el R-32 o directamente propano; el freón de toda la vida era esto mismo, hasta que se prohibió por el agujero de la capa de ozono–. Y su gracia no está en calentarse al comprimirlo, que eso lo hace cualquier gas, sino en algo más gordo: hierve y se condensa justo a las temperaturas que nos interesan.

Porque el grueso del calor no se mueve calentando y enfriando el fluido unos grados, sino haciéndolo hervir y volviéndolo a licuar. Esto ya lo llevas de serie en el cuerpo: cuando el sudor se evapora, el paso de líquido a gas absorbe una cantidad enorme de energía –el calor latente–, y esa energía sale de tu piel. El serpentín de la unidad interior hace exactamente eso: el refrigerante hierve dentro de tu salón y, para hervir, le roba el calor al aire de la sala.

Fuera ocurre lo contrario. El compresor aprieta el gas hasta que vuelve a condensarse en líquido, y al condensarse suelta de golpe toda esa energía a la calle. Condensar es el sudor al revés. Por eso, dicho sea de paso, una quemadura de vapor es peor que una de agua hirviendo a la misma temperatura: el vapor descarga en tu piel todo el calor de la condensación.

¿Y por qué el refrigerante hierve casualmente a las temperaturas justas? Porque no es casualidad. El punto de ebullición se mueve con la presión: en una olla exprés el agua hierve a 120 grados, y en lo alto de una montaña, a 90. Los químicos buscaron fluidos con el punto de ebullición desplazado al sótano –el R-410A hierve a unos -48 grados a presión ambiente–, de manera que jugando con la presión lo colocas donde quieras: a baja presión hierve a unos 5 grados, perfecto para dentro; a alta presión se condensa alrededor de los 50, perfecto para fuera. El papel real del compresor y la válvula no es calentar y enfriar a pelo: es mover el punto de ebullición de un lado a otro.

De paso queda contestado por qué no vale ni el agua ni el aire. El agua hierve y se condensa estupendamente, pero a 100 grados, que para enfriar un salón no sirve de nada; para hacerla hervir a 5 necesitarías un vacío tremendo, y encima se congela a cero. El aire ni siquiera cambia de fase en este rango de temperaturas: sin el multiplicador del sudor solo queda el efecto flojo de comprimir y expandir. Funciona –los aviones climatizan así la cabina, que para eso les sobra aire comprimido de los motores–, pero con una eficiencia que en tierra nadie aceptaría.


El resumen que venía a buscar

Yo del verano que viene: no hace falta releerlo todo. Con esto vale.

  1. No fabrica frío; mueve calor. Lo saca de la sala y lo suelta en la calle. El frío es solo la ausencia del calor que ya no está.
  2. La presión fija la temperatura. Apretar un gas lo calienta; soltarlo lo enfría. Así el fluido llega más caliente que la calle cuando toca soltar y más frío que la sala cuando toca robar. El contacto solo iguala temperaturas; los saltos a favor los pone la presión.
  3. El cambio de fase mueve el grueso del calor. El fluido hierve dentro (roba calor, como el sudor) y se condensa fuera (lo suelta, como el vapor en la piel).
  4. Por eso gasta luz. Mover calor cuesta arriba no sale gratis: la factura se va en el apretón del compresor. Y por eso la unidad de fuera expulsa más calor del que quitó a la sala –el de la habitación más el que costó moverlo–.

Siglo y medio de ir a contrapelo

Me reconforta saber que esto no lo vio venir nadie con sentido común. Que la manera de enfriar una habitación fuera hacer hervir un líquido dentro de ella tardó siglos en ocurrírsele a alguien: el ciclo se patentó en 1834, y el primer aire acondicionado moderno no llegó hasta 1902 –Willis Carrier lo montó para que la humedad no ondulara el papel de una imprenta; las personas refrigeradas fueron un efecto secundario–. No es que uno sea torpe por no retenerlo; es que el mecanismo va en contra de toda la física de andar por casa.

La nevera, por cierto, es exactamente la misma máquina con el frío apuntando hacia dentro de la caja y el calor hacia tu cocina. La rejilla templada de detrás es la cena de dentro, un poco menos caliente.

Nos vemos el verano que viene, cuando lo haya vuelto a olvidar.